Rabietas en niños: qué hacer, qué evitar y cuándo preocuparse

Las rabietas forman parte de la infancia.

Eso no significa que sean fáciles.

Un niño puede pasar en pocos segundos de estar jugando tranquilamente a llorar, gritar, tirarse al suelo o pegar porque hemos apagado la televisión, porque no puede llevarse algo de una tienda o simplemente porque el vaso que le hemos dado no es el que quería.

Y nosotros podemos pasar casi igual de rápido de intentar mantener la calma a pensar:

“¿Por qué se pone así por una tontería?”

“¿Estoy haciendo algo mal?”

“¿Tengo que ignorarlo?”

“¿Debo consolarlo?”

“¿Y si cedo?”

Las rabietas en niños son especialmente frecuentes durante los primeros años porque existe un desequilibrio bastante sencillo: el niño quiere hacer muchas cosas, siente emociones muy intensas y todavía dispone de pocas herramientas para gestionarlas.

La American Academy of Pediatrics considera las rabietas una parte habitual del desarrollo. Suelen empezar alrededor de los 12-18 meses, hacerse especialmente frecuentes entre los 2 y 3 años y disminuir progresivamente conforme el niño adquiere más lenguaje y capacidad para regularse.

Pero que sean frecuentes no significa que debamos ignorar cualquier comportamiento.

Hay rabietas completamente esperables.

Y existen situaciones en las que la frecuencia, intensidad o forma en que aparecen merece una valoración más detenida.

Vamos a intentar separar ambas cosas.

¿Qué es una rabieta infantil?

Una rabieta es una explosión emocional que puede incluir:

  • llanto;
  • gritos;
  • pataletas;
  • tirarse al suelo;
  • empujar;
  • golpear;
  • lanzar objetos;
  • aguantar la respiración;
  • negarse a moverse.

Puede aparecer cuando el niño siente frustración, cansancio, enfado o simplemente no consigue expresar lo que quiere.

El NHS explica que las rabietas son especialmente habituales cuando el niño empieza a buscar más independencia pero todavía tiene dificultades para comunicar y gestionar lo que siente.

No todas las rabietas tienen la misma intensidad.

Un niño puede llorar durante dos minutos porque quiere otro cuento.

Otro puede tumbarse en el suelo durante quince minutos porque tenemos que abandonar el parque.

Ambas pueden formar parte del mismo fenómeno.

¿Por qué los niños tienen rabietas?

No existe una única causa.

Muchas veces confluyen varias cosas.

Frustración

Quiere hacer algo y no puede.

Quiere abrir una caja.

Quiere alcanzar un objeto.

Quiere ponerse el zapato solo.

No consigue hacerlo.

Y aparece la frustración.

Límites

“No puedes coger eso.”

“Nos tenemos que ir.”

“Hoy no compramos ningún juguete.”

Los límites forman parte de la vida.

Pero un niño pequeño todavía está aprendiendo a tolerar que la realidad no siempre coincida con lo que desea.

Dificultad para expresarse

A los dos años puede saber perfectamente lo que quiere y no disponer todavía de palabras suficientes para explicarlo.

Esa diferencia entre intención y capacidad genera frustración.

Por eso las rabietas suelen disminuir conforme mejora el lenguaje, aunque evidentemente no desaparecen de un día para otro.

Cansancio

Hay rabietas que empiezan aparentemente por algo absurdo.

El plátano se ha roto.

Le hemos quitado los zapatos.

El yogur está en el cuenco equivocado.

Pero el problema quizá no era el yogur.

Quizá lleva diez horas despierto y ya no puede gestionar otra pequeña frustración.

Hambre

El hambre también reduce la tolerancia.

Los CDC recuerdan que las rabietas son más probables cuando los niños pequeños están cansados o tienen hambre.

Exceso de estímulos

Un cumpleaños.

Un centro comercial.

Mucho ruido.

Mucha gente.

Horas fuera de casa.

Un niño puede estar disfrutando y, al mismo tiempo, llegar a un punto en el que ya no consigue procesar más.

Entonces una pequeña negativa puede desencadenar una reacción enorme.

Rabietas y desarrollo emocional

A veces hablamos de una rabieta como si fuera simplemente una conducta que debemos conseguir eliminar.

Pero durante los primeros años forma parte también del aprendizaje emocional.

El niño está descubriendo:

qué significa estar enfadado;

qué ocurre cuando algo no sale como esperaba;

cómo esperar;

cómo pedir;

qué límites existen;

qué hacer con la frustración.

La autorregulación no aparece de repente.

Empieza a desarrollarse durante los primeros años y continúa evolucionando durante mucho tiempo.

La AAP señala precisamente que las rabietas pueden entenderse dentro del desarrollo normal de la autorregulación y de la creciente autonomía del niño.

Esto no significa permitir cualquier conducta.

Significa comprender de dónde puede venir.

Rabietas en niños de 1 año

Las primeras rabietas pueden aparecer aproximadamente desde el primer año.

A esta edad existe muy poco lenguaje.

El niño empieza además a moverse de forma independiente y descubre muchísimas cosas que quiere explorar.

Y entonces escucha continuamente:

“No.”

“No toques.”

“No subas.”

“No cojas.”

Es comprensible que aparezca frustración.

A esta edad funcionan mejor las estrategias muy sencillas:

  • distraer;
  • cambiar de actividad;
  • retirar objetos peligrosos;
  • anticiparse;
  • utilizar pocas palabras.

No tiene sentido intentar mantener una larga conversación sobre comportamiento con un niño de 15 meses.

Rabietas en niños de 2 años

Los dos años son probablemente la edad más relacionada popularmente con las rabietas.

No es casualidad.

Aumenta enormemente el deseo de autonomía.

“Yo solo.”

Pero la capacidad para esperar, comunicar y controlar impulsos sigue siendo limitada.

Esto puede producir una mezcla complicada.

Quiere decidir.

Pero muchas cosas todavía las decidimos los adultos.

Quiere hacerlo solo.

Pero todavía no puede hacerlo todo.

Quiere explicarse.

Pero a veces no encuentra las palabras.

Por eso las rabietas en niños de 2 años pueden aparecer varias veces en determinados días sin que necesariamente exista un problema.

Rabietas en niños de 3 años

A los tres años el lenguaje suele haber avanzado mucho.

Eso puede ayudar.

Pero sigue existiendo frustración.

El niño también comprende mejor las posibilidades.

Y puede intentar negociar.

“Solo cinco minutos.”

“Después.”

“Pero mamá me deja.”

En esta etapa resulta especialmente importante que los límites sean comprensibles y relativamente consistentes.

No necesitamos controlar cada detalle.

Pero sí evitar que una misma conducta tenga consecuencias completamente diferentes dependiendo del cansancio del adulto.

¿Las rabietas desaparecen a los 4 años?

No existe una fecha exacta.

Pero suelen disminuir.

El NHS indica que hacia los cuatro años las rabietas son mucho menos frecuentes en muchos niños.

La razón no es que mágicamente hayan aprendido a “portarse bien”.

Han desarrollado más:

  • lenguaje;
  • comprensión;
  • capacidad para esperar;
  • habilidades sociales;
  • estrategias para expresar frustración.

Puede seguir habiendo explosiones emocionales.

Especialmente cuando están cansados o ante situaciones muy frustrantes.

Lo importante es observar la tendencia.

Qué hacer ante una rabieta

Aquí suele empezar la confusión.

Hay recomendaciones que dicen:

“Ignórala.”

Otras:

“Valida todas sus emociones.”

Otras:

“Abrázalo.”

Y otras:

“No le prestes ninguna atención.”

La realidad necesita algo más de contexto.

Primero: seguridad

Si está simplemente llorando en el suelo de casa, podemos tener margen para esperar.

Si intenta cruzar la carretera, no.

Si golpea a su hermano, intervenimos.

Si lanza un objeto peligroso, lo retiramos.

La prioridad es la seguridad.

Podemos decir:

“No voy a dejar que pegues.”

Y detener físicamente el golpe de manera proporcionada.

Eso no contradice una crianza respetuosa.

Utiliza pocas palabras

Durante el momento de mayor intensidad no suele ser útil explicar demasiado.

“Ya te dije antes que si no recogías entonces ocurriría…”

Probablemente no esté escuchando.

Podemos decir:

“Sé que estás enfadado.”

“Estoy aquí.”

“No puedes pegar.”

Y esperar.

Cuando disminuya la intensidad habrá más espacio para hablar.

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No necesitamos acabar inmediatamente con la emoción

Este punto es importante.

Cuando nuestro hijo llora queremos que deje de llorar.

Es una reacción muy humana.

Entonces:

ofrecemos otra cosa;

negociamos;

damos el móvil;

compramos aquello que quería;

cambiamos el límite.

No porque hayamos decidido que el límite era malo.

Sino porque queremos que la rabieta termine.

Pero estar enfadado no es peligroso.

Podemos permitir que la emoción exista.

Nuestro objetivo no tiene que ser conseguir silencio en treinta segundos.

Mantén el límite si sigue teniendo sentido

El niño quiere otra chocolatina.

Decimos que no.

Empieza la rabieta.

Si cinco minutos después le damos la chocolatina únicamente para que deje de llorar, hemos creado una relación sencilla:

insistir mucho puede modificar la respuesta.

El NHS recomienda no cambiar un “no” por un “sí” únicamente para terminar una rabieta.

Esto no significa que nunca podamos cambiar de opinión.

Los adultos también podemos reconocer:

“He pensado mejor y sí podemos hacerlo.”

Pero debería ser porque hemos reconsiderado la situación, no porque queremos acabar con el grito.

¿Debemos ignorar una rabieta?

Depende de qué entendamos por ignorar.

No necesitamos prestar una enorme atención a una protesta que busca modificar un límite.

Pero tampoco hace falta fingir que nuestro hijo ha desaparecido.

Podemos mantenernos cerca.

No entrar en una larga discusión.

No negociar continuamente.

Y dejar que la intensidad baje.

Los CDC consideran aceptable reducir la atención ante determinadas rabietas cuando el niño está seguro y dar tiempo para que se calme.

Pero si existe miedo, dolor, riesgo o una necesidad real, evidentemente debemos responder.

¿Hay que abrazar al niño durante una rabieta?

No siempre.

Algunos niños buscan contacto.

Otros no quieren que los toquemos cuando están enfadados.

Podemos ofrecer:

“¿Quieres que te coja?”

Si dice que no o se aleja, podemos respetar cierta distancia mientras seguimos disponibles.

No necesitamos imponer un abrazo para “regularlo”.

Acompañar también puede ser sentarse cerca.

Cómo calmar una rabieta

La palabra “calmar” puede crear expectativas equivocadas.

No existe una técnica que funcione siempre.

Podemos ayudar a crear las condiciones para que el niño recupere poco a poco el control.

Reduce estímulos

Si estamos en un sitio lleno de ruido, alejarnos puede ayudar.

Baja nuestro volumen

Gritar sobre un niño que ya está gritando suele aumentar la intensidad.

Evita preguntas constantes

“¿Por qué estás así?”

“¿Qué quieres?”

“¿Quieres esto?”

“¿Quieres lo otro?”

Puede ser demasiada información.

Dale tiempo

Muchas rabietas necesitan simplemente atravesar su curva.

Suben.

Llegan a un máximo.

Y bajan.

Nuestro trabajo puede ser impedir que ocurra algo peligroso mientras pasa.

Después de la rabieta

Una vez calmado no necesitamos convertir el momento en una conferencia.

Podemos hablar brevemente.

“Te enfadaste mucho porque querías quedarte en el parque.”

“Está bien enfadarse.”

“No podemos pegar.”

Y seguimos.

No hace falta humillar.

Ni preguntar:

“¿Ves cómo te has puesto?”

La rabieta ya terminó.

Ahora podemos enseñar.

Qué hacer si pega durante una rabieta

Aquí debemos ser claros.

La emoción es aceptable.

Golpear no.

Podemos bloquear el golpe y decir:

“No voy a dejar que me pegues.”

Sin gritar.

Sin devolver el golpe.

El NHS recomienda dejar claro que pegar, morder o dar patadas no está permitido y no responder utilizando la misma conducta.

Después podemos enseñar alternativas:

“Puedes decir estoy enfadado.”

“Puedes apretar este cojín.”

Pero no esperemos que aprenda una estrategia nueva justo en el pico de la rabieta.

Se practica cuando está tranquilo.

Rabietas en público

Aquí aparece otro elemento:

la vergüenza.

Estamos en el supermercado.

El niño se tira al suelo.

La gente mira.

Y sentimos que tenemos que demostrar que controlamos la situación.

Eso puede llevarnos a actuar peor.

Nuestro objetivo no es convencer a las personas que están mirando.

Es manejar la situación con nuestro hijo.

Si es posible:

reduce estímulos;

llévalo a un lugar tranquilo;

mantén el límite;

evita amenazas provocadas por la vergüenza.

Las miradas de otras personas durarán dos minutos.

Nuestra relación con nuestro hijo dura bastante más.

Rabietas en el supermercado

Son especialmente frecuentes porque se juntan varias cosas.

Cansancio.

Productos atractivos.

Esperas.

Muchos estímulos.

Podemos prevenir parte del conflicto.

No ir cuando está agotado si podemos evitarlo.

Hacer compras más cortas.

Darle una pequeña tarea:

“Busca los plátanos.”

“Pon esto en el carro.”

No garantiza que no haya rabieta.

Pero mejora el contexto.

Cómo prevenir algunas rabietas

No podemos evitar todas.

Ni deberíamos intentarlo.

Pero podemos reducir varias de ellas.

Mantén algunas rutinas

El sueño y las comidas influyen muchísimo.

Un niño agotado tiene menos capacidad para gestionar frustraciones.

En nuestra guía sobre cómo crear una rutina diaria para niños explicamos cómo crear estructura sin convertir el día en un horario militar.

Anticipa los cambios

“Nos vamos en cinco minutos.”

“Después de este capítulo apagamos.”

“Cuando terminemos el puzle vamos a cenar.”

Las transiciones son más fáciles cuando no aparecen de repente.

Ofrece elecciones pequeñas

“¿Quieres la camiseta azul o la verde?”

No:

“¿Quieres vestirte?”

si vestirse no es opcional.

Reduce límites innecesarios

Si todo el día escucha “no”, aparecerá más conflicto.

Podemos preguntarnos:

¿Esto realmente importa?

Hay normas esenciales.

Y otras que quizá podemos flexibilizar.

Sobre esa diferencia hablamos en Flexibilidad amorosa vs. rigidez.

Revisa nuestras expectativas

Un niño de dos años no tiene el mismo autocontrol que uno de seis.

Conocer lo que podemos esperar aproximadamente en cada etapa ayuda bastante. Puedes verlo en nuestra guía de desarrollo infantil de 0 a 6 años.

Rabietas y límites

Una rabieta no significa necesariamente que el límite esté mal puesto.

Nuestro hijo puede enfadarse porque:

hay que ponerse el cinturón;

tenemos que salir del parque;

no puede pegar;

se ha terminado el tiempo de pantalla.

La emoción no invalida el límite.

Aquí aparece una idea importante:

validar una emoción no significa aceptar cualquier conducta.

Podemos decir:

“Entiendo que estás enfadado.”

Y también:

“No puedes lanzar el mando.”

Las dos frases pueden convivir.

En Educar sin gritar: cómo poner límites a los niños con calma y firmeza desarrollamos esta parte con más detalle.

Qué NO hacer durante una rabieta

Gritar más fuerte

Puede detener momentáneamente una conducta por miedo.

Pero también puede aumentar la intensidad del conflicto.

Pegar

No enseña a controlar la agresividad.

Enseña que el adulto puede utilizarla.

Ridiculizar

“Mira qué ridículo estás.”

“Pareces un bebé.”

No aporta ninguna habilidad.

Amenazar con cosas imposibles

“Como sigas así no volvemos nunca más al parque.”

Probablemente no sea verdad.

Sobornar para conseguir silencio

“Si paras te compro una chocolatina.”

Puede convertir terminar la rabieta en una negociación.

Intentar razonar demasiado

En el punto de máxima intensidad, pocas palabras suelen ser mejores.

“Pero lo hace para manipularme”

Un niño puede aprender qué conductas consiguen determinados resultados.

Eso es cierto.

Pero utilizar la palabra “manipulación” para un niño de dos años puede llevarnos a interpretar todas sus emociones como una estrategia calculada.

No suele ser útil.

Puede aprender:

“Si lloro mucho, mamá termina dándome el móvil.”

Entonces debemos cambiar nuestra respuesta.

Pero eso no significa necesariamente que esté diseñando conscientemente una estrategia para controlar al adulto.

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Todavía está aprendiendo causa y efecto.

Rabieta o desregulación emocional

Los términos a veces se utilizan como sinónimos, pero no siempre son exactamente lo mismo.

Una rabieta suele estar asociada a una frustración concreta.

Quiero algo.

No puedo tenerlo.

Exploto.

La desregulación emocional es un concepto más amplio y puede incluir situaciones en las que el niño está completamente sobrepasado por cansancio, estrés, ruido, cambios o diferentes dificultades.

En la práctica pueden solaparse.

Lo importante para las familias no es obsesionarse con poner una etiqueta exacta.

Es observar:

qué ocurrió antes;

qué necesita el niño;

qué conducta debemos limitar;

cómo recupera la calma.

¿Cuánto dura una rabieta normal?

No existe un cronómetro universal.

Muchas rabietas duran pocos minutos.

Otras pueden prolongarse más.

La duración aislada no permite diagnosticar ningún problema.

Es más importante observar el patrón:

¿ocurren continuamente?

¿son extremadamente intensas?

¿aparecen en varios contextos?

¿el niño consigue recuperarse?

¿están disminuyendo conforme crece?

¿Cuándo debemos preocuparnos por las rabietas?

Esta es una pregunta importante.

Las rabietas son habituales durante los primeros años, pero no debemos responder automáticamente:

“Es la edad.”

Conviene consultar con el pediatra o profesional correspondiente cuando:

  • son extremadamente frecuentes o intensas;
  • duran mucho de forma habitual;
  • aumentan claramente en vez de disminuir con la edad;
  • el niño se hace daño de forma importante;
  • agrede gravemente a otras personas;
  • destruye objetos de forma repetida;
  • aparecen también problemas importantes de lenguaje, desarrollo o interacción;
  • afectan de manera considerable al colegio o a la vida familiar;
  • continúan con mucha intensidad más allá de la etapa en la que suelen disminuir;
  • la familia siente que ya no puede manejar la situación.

La literatura reciente recuerda que casi todos los niños pequeños muestran cierta agresividad, desafío o rabietas, pero un subgrupo mantiene estos comportamientos con una intensidad o persistencia mayor y merece una valoración más detallada.

Rabietas y dificultades del lenguaje

Cuando un niño tiene muchas dificultades para comunicarse puede frustrarse con mayor facilidad.

Eso no significa que todos los niños con rabietas tengan un problema de lenguaje.

Pero si además observamos:

muy pocas palabras para su edad;

dificultad importante para comprender;

poca intención comunicativa;

pérdida de habilidades;

conviene comentarlo con el pediatra.

Las rabietas pueden ser una pieza más dentro del conjunto.

Rabietas y autismo

Otra búsqueda frecuente en internet es:

“¿Muchas rabietas significan autismo?”

No.

Las rabietas por sí mismas no permiten diagnosticar un trastorno del espectro autista.

Son extraordinariamente frecuentes en niños sin ningún trastorno del desarrollo.

Cuando existe autismo, pueden aparecer crisis relacionadas con cambios, comunicación o sobrecarga sensorial, pero el diagnóstico depende de un conjunto mucho más amplio de características sociales, comunicativas y conductuales.

Si existen dudas sobre el desarrollo global, debemos valorar todo el conjunto y no una única conducta.

Cuando los padres también perdemos el control

Hay algo que muchas guías olvidan.

El adulto también está cansado.

Una rabieta de veinte minutos puede ser agotadora.

Especialmente cuando tenemos prisa.

Si sentimos que estamos a punto de perder completamente la paciencia, y el niño está en un lugar seguro, podemos alejarnos unos segundos.

No necesitamos ser un modelo perfecto de serenidad.

Pero sí intentar evitar responder impulsivamente.

Y si gritamos:

reparamos.

“Antes te grité. Estaba muy enfadado y no tenía que hablarte así.”

El límite puede mantenerse.

Pedir perdón no lo elimina.

No existe la técnica perfecta

Este punto es probablemente el más importante.

En internet aparecen métodos que prometen:

“Acaba con las rabietas.”

“Esta frase detiene cualquier berrinche.”

No funciona así.

Las rabietas forman parte del desarrollo de muchos niños.

Nuestro objetivo no es eliminarlas completamente.

Es ayudar a que progresivamente:

sean menos frecuentes;

menos intensas;

el niño pueda expresarse mejor;

tenga más estrategias;

nosotros sepamos poner límites sin escalar el conflicto.

Ese proceso tarda años.

Preguntas frecuentes sobre rabietas infantiles

¿A qué edad empiezan las rabietas?

Pueden aparecer alrededor de los 12-18 meses. Suelen ser especialmente frecuentes entre los 2 y 3 años y disminuir conforme mejora el lenguaje y la autorregulación.

¿Qué hago cuando mi hijo tiene una rabieta?

Mantén la seguridad, utiliza pocas palabras, evita discutir durante el momento de máxima intensidad y mantén el límite si sigue siendo razonable. Cuando se calme, podéis hablar brevemente de lo ocurrido.

¿Debo ignorar las rabietas?

No existe una respuesta única. En determinadas rabietas seguras podemos reducir la atención y esperar a que disminuyan. Si existe peligro, miedo, dolor o una necesidad real debemos intervenir.

¿Tengo que abrazarlo?

Puedes ofrecer contacto, pero no todos los niños quieren que los abracen cuando están muy enfadados. Podemos estar cerca sin imponer contacto físico.

¿Es malo dejarlo llorar durante una rabieta?

Llorar por frustración no es en sí mismo peligroso. No necesitamos terminar inmediatamente cualquier llanto. Podemos acompañar mientras mantenemos un límite razonable.

¿Por qué mi hijo tiene más rabietas cuando está cansado?

El cansancio y el hambre reducen la capacidad del niño para manejar frustraciones. Por eso muchas rabietas aparecen al final del día o antes de las comidas.

¿Debo darle lo que pide para que se calme?

Si hemos dicho que no por una razón válida, cambiar automáticamente la decisión para acabar con la rabieta puede reforzar ese patrón. Podemos acompañar el enfado sin modificar el límite.

¿Cuándo dejan de tener rabietas?

Suelen disminuir claramente durante los años preescolares. Hacia los cuatro años son mucho menos frecuentes en muchos niños, aunque pueden seguir apareciendo ocasionalmente.

¿Cuándo debo consultar?

Cuando son extremadamente frecuentes o intensas, existe agresividad grave o autolesión, afectan mucho a la vida cotidiana, no disminuyen con el desarrollo o aparecen junto a otras preocupaciones sobre lenguaje, conducta o desarrollo.

Para terminar

Las rabietas infantiles pueden ser agotadoras.

Especialmente cuando ocurren en público.

Cuando tenemos prisa.

O cuando llevamos todo el día intentando mantener la paciencia.

Pero una rabieta no significa necesariamente que nuestro hijo sea desobediente.

Tampoco significa que estemos educando mal.

Durante los primeros años existe una enorme diferencia entre lo que un niño quiere hacer y lo que todavía es capaz de gestionar.

Quiere autonomía.

Pero necesita límites.

Siente emociones intensas.

Pero dispone de pocas estrategias.

Quiere comunicarse.

Pero a veces no encuentra las palabras.

Nuestro trabajo no consiste en evitar cualquier frustración.

Consiste en enseñarle progresivamente qué puede hacer con ella.

Mantener la seguridad.

Poner límites.

Acompañar.

Y volver a intentarlo la próxima vez.

Porque habrá otra.

Y poco a poco serán menos.

Bibliografía

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NHS. Help your toddler manage emotions. Best Start in Life.

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