Flexibilidad amorosa vs. rigidez: cómo crear rutinas sin perder la calma

Hay días en los que todo parece funcionar.

Los niños se levantan a su hora. Desayunan. Llegamos al colegio sin correr. Por la tarde conseguimos bañarnos, cenar y acostarnos más o menos cuando habíamos previsto.

Y luego están los otros días.

La siesta dura más de la cuenta.

Llegamos tarde a casa.

Hay una rabieta justo cuando tenemos que salir.

La cena se retrasa.

O simplemente nuestro hijo está cansado y no quiere colaborar con absolutamente nada.

En esos momentos es fácil pensar que estamos perdiendo la rutina.

Pero una buena rutina no debería depender de que todo salga exactamente como habíamos planeado.

Ahí aparece una idea que puede ayudarnos mucho: la flexibilidad amorosa en la crianza.

Ser constantes sin convertirnos en rígidos.

Mantener aquello que aporta seguridad al niño y, al mismo tiempo, aceptar que vivimos en una familia real, no dentro de un horario perfecto.

¿Qué significa flexibilidad amorosa?

No es un término que implique una técnica concreta ni un método educativo cerrado.

Podemos utilizarlo para describir una manera bastante sencilla de afrontar la crianza:

mantener una estructura estable, pero permitir que esa estructura se adapte cuando las circunstancias lo necesitan.

Por ejemplo:

Normalmente nuestro hijo se acuesta alrededor de las nueve.

Hoy estamos celebrando el cumpleaños de su abuelo y terminaremos más tarde.

Podemos aceptar esa excepción sin pensar que hemos destruido su rutina.

Quizá lleguemos a casa más tarde, pero conservemos algunas cosas conocidas.

Pijama.

Dientes.

Cuento.

Abrazo.

Dormir.

El horario ha cambiado.

La referencia sigue ahí.

Eso es muy diferente a no tener ningún tipo de estructura.

Los niños necesitan previsibilidad, no perfección

Los niños pequeños todavía están aprendiendo cómo funciona el mundo.

Muchas situaciones cotidianas que para nosotros resultan evidentes para ellos todavía son nuevas.

Las rutinas pueden ayudar porque les permiten anticipar lo que suele ocurrir.

Después del desayuno nos vestimos.

Después del baño llega el pijama.

Después del cuento nos acostamos.

Esa previsibilidad puede aportar tranquilidad.

Pero previsibilidad no significa hacer absolutamente todo a la misma hora.

En nuestra guía sobre cómo crear una rutina diaria para niños explicamos precisamente que una rutina funciona mejor cuando se basa en secuencias reconocibles y sostenibles para la familia.

El reloj puede ayudar.

Pero no debería convertirse en el centro de nuestra crianza.

Rutina no significa rigidez

Imagina que hemos decidido que nuestro hijo debe bañarse todos los días a las ocho.

Son las ocho y diez.

Está terminando tranquilamente un puzle.

No tenemos ninguna prisa especial.

Podemos interrumpirlo inmediatamente porque “son las ocho”.

O podemos decir:

“Cuando termines esta parte vamos al baño”.

Hemos flexibilizado diez minutos.

No hemos eliminado la rutina.

Este tipo de pequeñas decisiones aparecen constantemente.

Y muchas veces somos nosotros quienes convertimos una situación sencilla en un conflicto porque sentimos que alejarnos del plan significa perder el control.

Pero la estructura no desaparece por unos minutos.

La rutina infantil como seguridad emocional depende mucho más de la constancia global que de la exactitud absoluta.

Cómo ser constante sin ser rígido con los niños

La pregunta entonces es evidente.

¿Dónde ponemos el límite?

Porque tampoco queremos que la flexibilidad signifique que cualquier norma cambia cada vez que aparece una protesta.

Una idea útil es separar lo importante de la forma concreta de hacerlo.

Mantén el límite, flexibiliza los detalles

Tenemos que irnos del parque.

Ese es el límite.

Quizá podamos elegir juntos por qué salida nos marchamos.

Tenemos que acostarnos.

Ese es el límite.

Puede elegir qué cuento leemos.

Tenemos que lavarnos los dientes.

Ese es el límite.

Puede elegir si quiere hacerlo antes o después de ponerse el pijama.

El adulto continúa guiando.

Pero el niño dispone de pequeñas decisiones dentro del marco.

No conviertas cada cambio en una negociación

Flexibilidad tampoco significa negociar durante media hora.

Si hemos dicho que es hora de marcharnos, podemos escuchar su protesta sin cambiar continuamente nuestra decisión.

“Sé que quieres seguir jugando. Nos tenemos que ir.”

Puede enfadarse.

Y nosotros podemos mantener el límite.

Si estas situaciones terminan habitualmente en gritos, puede ayudarte nuestra guía Educar sin gritar: cómo poner límites a los niños con calma y firmeza.

Poner límites con calma no significa evitar todas las emociones negativas.

Nuestro hijo puede estar enfadado y el límite seguir siendo razonable.

Rutinas flexibles para niños: piensa en anclas

Una manera práctica de organizar las rutinas es pensar en anclas del día.

No necesitamos controlar cada minuto.

Podemos identificar algunos momentos que normalmente se mantienen.

Por ejemplo:

Por la mañana

Levantarse.

Vestirse.

Desayunar.

Lavarse los dientes.

Salir.

Por la noche

Cena.

Aseo.

Pijama.

Cuento.

Dormir.

Entre esas anclas puede existir bastante flexibilidad.

Un sábado podemos desayunar una hora más tarde.

Durante las vacaciones podemos retrasar algo la cena.

Un día especialmente cansado podemos adelantar el baño.

La estructura general continúa siendo reconocible.

La regla del “qué” y el “cuándo”

Otra manera sencilla de verlo es distinguir entre qué hacemos y cuándo exactamente lo hacemos.

Hay cosas que normalmente queremos mantener:

Dormir suficientes horas.

Lavarse los dientes.

Comer.

Ir al colegio.

Recoger determinadas cosas.

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Pero el momento exacto puede admitir margen.

Esta diferencia evita muchas discusiones innecesarias.

En lugar de defender las 20:00, defendemos el descanso.

En lugar de defender que recoja inmediatamente, defendemos que los juguetes deben quedar recogidos antes de pasar a otra actividad.

Cambia bastante la perspectiva.

Qué hacer cuando se rompe la rutina infantil

Antes o después ocurrirá.

Y probablemente muchas veces.

Viajes.

Enfermedades.

Navidad.

Cumpleaños.

Vacaciones.

Una visita inesperada.

Una noche especialmente mala.

Un niño que se queda dormido en el coche.

No necesitamos dramatizar.

Si existe una estructura habitual, un día diferente no la hace desaparecer.

Al día siguiente podemos volver a nuestra secuencia.

Sin castigos.

Sin intentar compensarlo.

Sin repetir:

“¿Ves lo que pasa cuando nos saltamos la rutina?”

Simplemente retomamos.

Los hábitos se construyen con lo que hacemos de manera repetida, no con lo que ocurre excepcionalmente.

¿Qué pasa durante las vacaciones?

Las vacaciones son uno de los mejores ejemplos de rutinas flexibles para niños.

Pretender mantener exactamente los horarios del colegio puede no tener demasiado sentido.

Podemos acostarnos algo más tarde.

Desayunar sin mirar el reloj.

Comer fuera.

Pasar el día visitando un lugar diferente.

Eso no significa vivir sin ninguna referencia.

Podemos conservar pequeñas cosas:

El cuento antes de dormir.

Lavarse los dientes.

Un rato tranquilo después de comer.

Recoger antes de salir.

Esas pequeñas anclas ayudan a mantener cierta continuidad aunque el día sea completamente diferente.

Cuando el problema no es la rutina sino nuestras expectativas

Hay días en los que exigimos más de lo que nuestro hijo puede dar.

Queremos que un niño agotado después del colegio:

recoja rápidamente,

se bañe sin protestar,

cene tranquilo,

se lave los dientes,

se ponga el pijama

y se acueste sonriendo.

Y cuando no ocurre pensamos que está desobedeciendo.

Quizá simplemente está cansado.

Las expectativas deben adaptarse a la edad, pero también al momento concreto.

No podemos esperar el mismo autocontrol de un niño de dos años que de uno de seis.

Y tampoco podemos esperar de un niño de seis años agotado exactamente lo mismo que cuando está descansado.

En nuestra guía sobre desarrollo infantil de 0 a 6 años explicamos con más detalle cómo evolucionan progresivamente la autonomía, el lenguaje y la regulación emocional.

Conocer estas diferencias ayuda a evitar expectativas imposibles.

Flexibilidad no significa permisividad

Este punto merece quedar claro.

Ser flexible no consiste en decir que sí para evitar un conflicto.

Nuestro hijo quiere seguir viendo dibujos.

Podemos decir que no.

Quiere comer únicamente chocolate.

Podemos decir que no.

No quiere ponerse el cinturón del coche.

No existe negociación posible.

La flexibilidad aparece dentro de aquello que puede adaptarse.

Hay límites relacionados con la seguridad, la salud o la convivencia que corresponden al adulto.

Podemos ponerlos con respeto.

Pero siguen siendo límites.

Cuando la rutina genera más tensión que seguridad

Una rutina debería facilitar la vida familiar.

Si provoca conflictos continuamente, merece la pena revisarla.

Podemos preguntarnos:

¿Es realista?

¿Tiene demasiados pasos?

¿Estamos intentando cumplir horarios demasiado ajustados?

¿Esperamos demasiada autonomía para su edad?

¿Estamos introduciendo demasiadas actividades?

¿Existe algún momento del día especialmente problemático?

No tenemos que conservar una rutina simplemente porque alguien nos dijo que era la correcta.

La mejor rutina no es la que aparece en una tabla de internet.

Es la que funciona razonablemente bien para nuestra familia.

El problema de compararnos con otras familias

Las redes sociales no ayudan demasiado.

Vemos:

habitaciones perfectamente ordenadas,

meriendas saludables,

niños sonrientes recogiendo juguetes,

rutinas visuales preciosas

y familias que aparentemente llegan tranquilas a todas partes.

Después miramos nuestra cocina a las ocho y media de la noche.

Hay juguetes por el suelo.

Uno no quiere cenar.

Otro está protestando.

Y nosotros todavía tenemos cosas pendientes.

La comparación puede hacernos creer que necesitamos más control.

Muchas veces necesitamos justo lo contrario.

Simplificar.

Una rutina familiar no tiene que ser bonita para funcionar.

Tiene que ser sostenible.

La importancia de anticipar los cambios

Ser flexible no significa sorprender continuamente al niño.

Cuando sabemos que algo será diferente, podemos anticiparlo.

“Hoy vamos a cenar en casa de los abuelos.”

“Volveremos más tarde.”

“Cuando lleguemos nos pondremos el pijama y tendremos nuestro cuento.”

Son pocas palabras.

Pero estamos explicando qué cambia y qué se mantiene.

También podemos anticipar pequeños cambios cotidianos:

“Hoy no podremos ir al parque porque está lloviendo.”

“Mamá no podrá recogerte. Vendrá papá.”

“Esta noche tenemos visita y cenaremos un poco más tarde.”

Los niños no necesitan conocer todos nuestros planes.

Pero informarles sobre aquello que les afecta puede ayudar a que el cambio no aparezca de repente.

Y si aun así aparece una rabieta

Puede aparecer.

Incluso aunque hayamos anticipado todo perfectamente.

La flexibilidad amorosa tampoco consiste en encontrar la técnica que evita todos los enfados y se hace necesario saber qué hacer cuando aparece una rabieta.

Nuestro hijo puede entender que hoy no iremos al parque y seguir enfadándose.

Podemos aceptar esa emoción.

“Sé que te apetecía mucho.”

Y mantener la realidad.

“Hoy no podemos ir.”

No necesitamos convencerle de que no debería estar enfadado.

A veces acompañar significa simplemente estar ahí mientras la emoción pasa.

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El adulto también necesita flexibilidad

Hablamos mucho de adaptar las rutinas a los niños.

Pero los padres también importan.

Hay días en los que estamos cansados.

En los que llegamos tarde.

En los que no tenemos ganas de preparar ninguna actividad especial.

Y en los que el cuento antes de dormir dura tres minutos porque simplemente no podemos más.

También está bien.

Una familia sostenible necesita tener en cuenta las necesidades de todos sus miembros.

No necesitamos aspirar a una crianza perfecta.

Necesitamos encontrar una manera razonable de convivir.

Cómo saber si estamos siendo demasiado rígidos

Podemos observar algunas señales.

Si un cambio de quince minutos nos genera mucha ansiedad.

Si evitamos planes familiares por miedo constante a alterar la rutina.

Si cada excepción termina en discusión.

Si la mayor parte de nuestras interacciones consisten en corregir horarios.

Si sentimos que estamos constantemente controlando.

Quizá merece la pena flexibilizar.

La rutina debería ofrecer una estructura.

No encerrarnos dentro de ella.

Cómo saber si estamos siendo demasiado flexibles

También puede ocurrir lo contrario.

Si la hora de dormir cambia varias horas prácticamente todos los días.

Si las normas dependen completamente del estado de ánimo del niño.

Si cada protesta termina modificando nuestra decisión.

Si nunca sabemos aproximadamente qué ocurrirá después.

Si los adultos tienen dificultades para mantener cualquier límite.

Entonces quizá necesitamos recuperar algo de estructura.

La flexibilidad necesita una base sobre la que apoyarse.

Sin estructura deja de ser flexibilidad y puede convertirse simplemente en imprevisibilidad.

Constancia y flexibilidad pueden convivir

No tenemos que elegir entre dos extremos.

No tenemos que ser padres rígidos.

Ni padres que permiten cualquier cosa.

Podemos ser constantes con algunas cosas y flexibles con otras.

Podemos tener una rutina y salirnos de ella.

Podemos poner un límite y escuchar el enfado.

Podemos cambiar de opinión cuando tenemos una buena razón.

Y mantener nuestra decisión cuando no la tenemos.

La crianza está llena de zonas grises.

Y probablemente aprender a movernos dentro de ellas sea más útil que intentar encontrar una regla válida para todas las situaciones.

La rutina como un abrazo invisible

Hay una imagen que resume bastante bien esta idea.

La rutina puede ser un abrazo invisible.

No porque obligue al niño a estar siempre en el mismo sitio.

Sino porque le ofrece una referencia a la que puede volver.

Hoy el día puede haber sido diferente.

Podemos haber cenado tarde.

Puede que no hubiera baño.

Quizá el cuento haya sido especialmente corto.

Pero seguimos estando ahí.

Mañana volveremos a nuestras referencias habituales.

Eso es seguridad.

No que todo ocurra exactamente según el plan.

Sino saber que incluso cuando el plan cambia hay adultos que siguen sosteniendo el mundo del niño.

Quizá esa sea la esencia de la flexibilidad amorosa en la crianza:

dar estructura sin encerrar.

Poner límites sin controlar cada detalle.

Aceptar los días imperfectos.

Y recordar que nuestros hijos necesitan constancia, pero también necesitan aprender que la vida cambia.

Podemos enseñarles ambas cosas.

Preguntas frecuentes sobre flexibilidad y rutinas infantiles

¿Es malo cambiar la rutina de un niño?

No por un cambio puntual. Las rutinas deben poder adaptarse a viajes, vacaciones, celebraciones o imprevistos. Si existe una estructura habitual, podemos volver a ella después.

¿Las rutinas tienen que cumplirse siempre a la misma hora?

No necesariamente. Algunos horarios, especialmente los relacionados con el sueño o el colegio, necesitan cierta regularidad, pero también podemos mantener una rutina mediante secuencias reconocibles aunque exista cierto margen horario.

¿Ser flexible significa dejar que el niño decida?

No. El adulto continúa siendo responsable de establecer los límites necesarios. Podemos ofrecer elecciones dentro de esos límites cuando sea razonable.

¿Qué hago si mi hijo se enfada cuando cambia la rutina?

Anticipa el cambio siempre que sea posible y conserva algunas referencias conocidas. Si se enfada, podemos reconocer su emoción sin necesidad de eliminar el cambio o modificar automáticamente el límite.

¿Cómo puedo saber si una rutina es demasiado rígida?

Si cualquier pequeño cambio genera mucha tensión, si limita excesivamente la vida familiar o si el horario se ha convertido en una preocupación constante, probablemente conviene revisar la rutina.

¿Qué es más importante: mantener el horario o mantener el orden de la rutina?

Depende de la situación. En muchos momentos cotidianos, mantener una secuencia reconocible puede ser más útil que cumplir una hora exacta. En otros, como la entrada al colegio, existen horarios externos que evidentemente debemos respetar.

Bibliografía

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