- Rabietas en niños: qué hacer, qué evitar y cuándo preocuparse
- 20 actividades Montessori para niños de 1 año en casa
- Educar sin gritar: cómo poner límites a los niños con calma y firmeza
- Flexibilidad amorosa vs. rigidez: cómo crear rutinas sin perder la calma
- Rutina diaria para niños: cómo crearla sin rigidez
Educar sin gritar: cómo poner límites a los niños con calma y firmeza
Gritar cansa.
Cansa a los niños y también a los adultos.
Y, aunque muchas veces nos prometamos que hoy vamos a tener más paciencia, llega la tarde, aparecen las prisas, el cansancio, una rabieta por algo aparentemente insignificante y terminamos diciendo las cosas bastante más alto de lo que queríamos.
Después llega la culpa.
“¿Por qué he vuelto a gritar?”
“¿Por qué no me hace caso hasta que levanto la voz?”
“¿Cómo puedo poner límites sin estar todo el día enfadado?”
Son preguntas normales. Porque educar sin gritar no significa mantener una calma perfecta durante las 24 horas. Tampoco significa permitir que los niños hagan lo que quieran.
La cuestión está en otro sitio.
Podemos poner límites.
Podemos decir que no.
Podemos detener una conducta.
Y podemos hacerlo sin convertir cada conflicto cotidiano en una lucha de poder.
¿Por qué terminamos gritando a nuestros hijos?
Normalmente no empezamos el día pensando: “Hoy voy a gritar a mis hijos”.
Ocurre poco a poco.
Llegamos cansados.
Tenemos que preparar la cena.
Uno no quiere bañarse.
Otro necesita ayuda.
El teléfono suena.
Hay que preparar algo para mañana.
Pedimos una cosa.
No ocurre nada.
La pedimos otra vez.
Y otra.
Hasta que finalmente:
“¡HE DICHO QUE RECOJAS!”
El grito consigue algo muy tentador: atención inmediata.
El problema es que llamar la atención y educar no son exactamente lo mismo.
Un niño puede detenerse porque se ha asustado o porque ha entendido que estamos realmente enfadados. Eso no significa necesariamente que haya aprendido qué esperamos de él ni cómo actuar la próxima vez.
Además, cuando los gritos se convierten en la forma habitual de conseguir obediencia, aparece otro problema.
El niño aprende que las primeras peticiones pueden ignorarse.
La señal verdaderamente importante acaba siendo el grito.
Y entramos en un círculo del que resulta difícil salir.
Educar sin gritar no significa educar sin límites
Este punto es fundamental.
A veces confundimos una educación respetuosa con evitar cualquier situación desagradable para el niño.
Pero un límite puede provocar enfado.
Y sigue siendo un buen límite.
Nuestro hijo puede enfadarse porque tiene que apagar la televisión.
Puede llorar porque no compramos algo.
Puede protestar porque quiere seguir jugando y ha llegado el momento de irse.
Nuestro objetivo no tiene que ser evitar siempre esas emociones.
Podemos acompañarlas sin cambiar una decisión razonable.
“Entiendo que quieres seguir jugando. Nos tenemos que ir.”
La emoción es válida.
El límite también.
Eso es muy diferente a responder:
“Bueno, cinco minutos más”.
Después otros cinco.
Y finalmente marcharnos enfadados porque llevamos veinte minutos negociando.
Poner límites a los niños con calma no significa negociar absolutamente todo.
Significa ser claros sin utilizar el miedo como principal herramienta.
¿Qué es realmente un límite?
Un límite debería explicar qué puede o no puede ocurrir.
“No podemos pegar.”
“No puedes cruzar la calle solo.”
“Ahora tenemos que apagar la televisión.”
“Los juguetes no se lanzan contra la ventana.”
Son límites.
En cambio:
“Como sigas así vas a ver.”
“Siempre haces lo mismo.”
“Eres imposible.”
No son límites.
Son amenazas o etiquetas.
Un buen límite suele ser bastante más corto de lo que pensamos.
Los adultos tenemos tendencia a explicar demasiado.
Queremos que el niño comprenda todas nuestras razones y terminamos dando un discurso de cinco minutos a alguien que está enfadado porque no quiere salir del parque.
En muchos casos basta con pocas palabras.
“Sé que quieres quedarte. Ahora nos vamos.”
Y actuar en consecuencia.
Cómo poner límites a los niños sin gritar
No existe una frase mágica que funcione siempre.
Pero sí podemos cambiar algunas cosas.
Acércate antes de repetir
Imagina esta situación.
Estamos preparando la cena y gritamos desde la cocina:
“¡Recoge los juguetes!”
No ocurre nada.
Un minuto después:
“¡Te he dicho que recojas!”
Nada.
La tercera vez estamos enfadados.
En muchas ocasiones resulta más eficaz acercarnos, conseguir su atención y dar una indicación sencilla.
“Es hora de recoger. Empieza por los coches y yo te ayudo con las piezas.”
No garantiza que vaya a obedecer inmediatamente.
Pero hemos eliminado buena parte del ruido que había entre nuestra petición y el niño.
Da instrucciones concretas
“Pórtate bien” significa muy poco.
“Guarda los zapatos en su sitio” es concreto.
“Sé bueno con tu hermano” es ambiguo.
“No le quites el juguete de las manos. Cuando termine, puedes pedirle turno” explica mucho mejor qué esperamos.
Cuanto más pequeño sea el niño, más útil resulta decir exactamente qué conducta queremos.
Una instrucción cada vez
“Recoge, ponte el pijama, lávate los dientes y prepara la mochila.”
Para un adulto puede parecer sencillo.
Para un niño pequeño son cuatro tareas diferentes.
Podemos empezar por una.
“Primero guardamos esto.”
Después continuamos.
Aquí las rutinas pueden ayudarnos mucho. Cuando determinadas acciones ocurren habitualmente en el mismo orden, necesitamos dar menos instrucciones. En Cómo crear una rutina diaria para niños: seguridad emocional sin rigidez explicamos precisamente cómo utilizar esas secuencias para aportar previsibilidad y favorecer progresivamente la autonomía.
Anticipa los cambios
Muchos conflictos aparecen en las transiciones.
Dejar el parque.
Apagar una pantalla.
Interrumpir un juego.
Ir al baño.
Acostarse.
Podemos avisar antes.
“En diez minutos nos vamos.”
Después:
“Nos quedan cinco minutos.”
Y finalmente:
“Es hora de marcharnos.”
No siempre evitará la protesta, pero el cambio dejará de aparecer de repente.
¿Por qué mi hijo no me hace caso?
Esta es una de las búsquedas más habituales de los padres.
Y la respuesta no siempre es “porque está desobedeciendo”.
A veces realmente está probando un límite.
Pero otras veces está completamente concentrado en otra actividad.
O no ha entendido lo que le pedimos.
O la instrucción es demasiado complicada.
O está agotado.
O sabe perfectamente qué queremos, pero no quiere hacerlo.
Los adultos también sabemos que tenemos que levantarnos del sofá y seguimos sentados otros cinco minutos.
Con los niños ocurre algo parecido, con una diferencia importante: su capacidad de autocontrol todavía está desarrollándose.
Antes de aumentar el volumen podemos comprobar tres cosas:
¿Me está escuchando?
¿Ha entendido qué tiene que hacer?
¿Lo que estoy pidiendo es razonable para su edad?
Esto último es especialmente importante.
No podemos esperar el mismo autocontrol de un niño de dos años que de uno de seis. Para ajustar mejor las expectativas, merece la pena conocer las Etapas del desarrollo infantil: guía completa de 0 a 6 años.
Comprender la etapa no elimina los límites.
Nos ayuda a poner límites que tengan sentido.
Desobediencia o desregulación emocional infantil
Hay momentos en los que un niño simplemente no puede gestionar bien lo que está sintiendo.
Está cansado.
Tiene hambre.
Ha tenido un día muy intenso.
Lleva demasiado tiempo rodeado de estímulos.
Algo pequeño ocurre y explota.
Eso es diferente a decidir tranquilamente ignorar una norma.
Cuando aparece una fuerte desregulación emocional infantil, intentar razonar durante diez minutos suele servir de poco.
Primero necesitamos atravesar el momento.
Después podremos hablar.
Esto no significa aceptar conductas peligrosas.
Si pega, detenemos el golpe.
“No voy a dejar que pegues.”
Si lanza objetos:
“Esto puede hacer daño. Voy a guardarlo.”
Calma no significa pasividad.
Podemos intervenir físicamente cuando sea necesario para mantener la seguridad, siempre de manera proporcionada y sin utilizar la fuerza como castigo.
Qué hacer durante una rabieta
Las rabietas merecen un artículo propio porque cambian mucho según la edad, el contexto y el niño.
Pero hay algunas ideas básicas que podemos aplicar.
No intentes ganar la discusión
Un niño en plena rabieta no suele estar en condiciones de mantener una conversación razonada.
No es el momento de explicar durante cinco minutos por qué no puede comer chocolate antes de cenar.
El límite ya está puesto.
“No vamos a comer chocolate ahora.”
Podemos quedarnos cerca y esperar a que disminuya la intensidad.
Reduce tus palabras
Cuando aumenta la emoción, podemos reducir el lenguaje.
“Estoy aquí.”
“Sé que estás enfadado.”
“No voy a dejar que pegues.”
Poco más.
Mantén el límite si sigue teniendo sentido
Si hemos dicho que no puede llevarse un juguete de la tienda, una rabieta no debería cambiar automáticamente nuestra decisión.
De lo contrario podemos enseñar, sin querer, que aumentar suficientemente la intensidad de la protesta modifica el límite.
Habla después
Cuando todo haya pasado podemos volver brevemente sobre lo ocurrido.
Sin sermones.
“Te enfadaste mucho porque querías ese juguete. Está bien enfadarse. No podemos pegar cuando estamos enfadados.”
Ahí sí estamos enseñando.
Límites firmes sin amenazas
Las amenazas aparecen con facilidad cuando sentimos que estamos perdiendo el control.
“Como no vengas ahora, me voy sin ti.”
“Si sigues llorando, nos vamos y no vuelves nunca.”
“Como lo hagas otra vez, tiro todos tus juguetes.”
El problema es que muchas amenazas ni siquiera pensamos cumplirlas.
Y los niños lo descubren rápidamente.
Es mejor utilizar consecuencias relacionadas con lo que está ocurriendo.
“Si lanzas el juguete, voy a guardarlo porque puede romperse.”
La consecuencia tiene relación directa con la conducta.
No necesitamos añadir:
“Y además mañana no ves dibujos”.
¿Qué relación tienen los dibujos de mañana con lanzar hoy un coche contra la pared?
Probablemente ninguna.
Consecuencias y castigos no son exactamente lo mismo
Una consecuencia puede formar parte natural de una situación.
Si derramamos agua, ayudamos a limpiarla.
Si dejamos la bicicleta fuera y empieza a llover, se moja.
Si utilizamos un juguete de forma peligrosa, el adulto puede retirarlo temporalmente.
El objetivo es aprender algo relacionado con la conducta.
Un castigo suele añadir deliberadamente una experiencia desagradable para conseguir que la conducta no vuelva a repetirse.
No siempre es fácil distinguirlos, especialmente cuando estamos enfadados.
Una pregunta puede ayudarnos:
¿Lo que estoy haciendo tiene relación con lo ocurrido o simplemente quiero que note que estoy enfadado?
Si la respuesta es la segunda, quizá merece la pena esperar unos segundos antes de decidir.
Flexibilidad no significa ceder
Hay límites que pueden negociarse.
Otros no.
Quizá podamos elegir entre el pijama azul y el verde.
Pero no si nos lavamos o no los dientes.
Podemos decidir qué cuento leemos.
Pero no quedarnos despiertos hasta medianoche un martes porque mañana hay colegio.
Las pequeñas elecciones dan al niño cierto control dentro de una estructura que sigue estableciendo el adulto.
Y también habrá días diferentes.
Una celebración puede terminar más tarde.
Durante las vacaciones podemos cambiar horarios.
Un niño enfermo necesitará otras cosas.
La clave está en diferenciar entre adaptar y renunciar completamente a cualquier estructura.
Es lo que explicamos con más profundidad en Flexibilidad amorosa vs. rigidez: la rutina infantil como seguridad emocional.
Cómo mantener la calma con los niños
Esta es probablemente la parte más difícil.
Podemos conocer toda la teoría y aun así perder la paciencia.
Porque los padres también tienen sistema nervioso.
También están cansados.
También tienen problemas.
Y pueden haber pedido ocho veces lo mismo.
Detecta cuándo estás llegando al límite
Normalmente hay señales.
Empezamos a hablar más rápido.
Subimos el tono.
Apretamos la mandíbula.
Repetimos constantemente lo mismo.
Cuando detectemos ese punto podemos intentar parar unos segundos antes de continuar, siempre que la situación sea segura.
No necesitamos hacer ningún ejercicio complicado.
A veces basta con no responder inmediatamente.
Reduce las batallas
No todo merece convertirse en un conflicto.
¿Realmente importa qué camiseta se pone?
¿Es imprescindible terminar absolutamente toda la comida?
¿Podemos darle cinco minutos más para terminar aquello que está construyendo?
Elegir nuestras batallas no significa perder autoridad.
Significa reservar los límites firmes para aquello que realmente importa.
Revisa los momentos difíciles
Si gritamos prácticamente todas las mañanas, quizá el problema no sea solamente nuestra paciencia.
Puede que salgamos demasiado justos de tiempo.
Si todas las noches terminan en conflicto, quizá la rutina nocturna necesita cambios.
A veces la solución está en modificar el contexto antes que intentar controlar mejor nuestra reacción.
¿Qué hago si ya he gritado?
Has gritado.
Ya ha ocurrido.
Ahora tenemos dos opciones.
Podemos actuar como si nada hubiera pasado.
O podemos reparar.
Reparar no significa realizar un discurso dramático ni cargar al niño con nuestra culpa.
Puede ser algo tan sencillo como:
“Antes te he gritado. Estaba muy enfadado, pero no necesitaba hablarte así.”
Y después podemos mantener el límite:
“Lo que te pedía sigue siendo importante. Los juguetes no se lanzan.”
Esta segunda parte importa.
Pedir perdón no significa retirar el límite.
Podemos reconocer que nuestra forma de actuar no fue adecuada y seguir sosteniendo la norma.
De hecho, estamos enseñando algo muy valioso.
Los adultos también se equivocan.
Y cuando ocurre, pueden reconocerlo e intentar hacerlo mejor.
Pedir perdón no hace perder autoridad
Algunos padres temen que pedir perdón haga que el niño deje de respetarlos.
La autoridad no necesita basarse en fingir que nunca nos equivocamos.
Un adulto puede decir:
“Me equivoqué.”
Y seguir siendo el adulto.
Puede reconocer:
“No debería haberte hablado así.”
Y continuar diciendo:
“Pero sigue sin estar permitido pegar a tu hermano.”
No hay ninguna contradicción.
Situaciones reales: qué podemos decir
A veces la teoría parece sencilla hasta que llega el momento real.
Veamos algunos ejemplos.
No quiere salir del parque
En lugar de:
“¡Nos vamos ya porque lo digo yo!”
Podemos probar:
“Sé que quieres seguir jugando. Ya hemos terminado por hoy. Nos vamos.”
Si protesta, el límite no necesita otro discurso.
No quiere apagar la televisión
“Cuando termine este capítulo apagamos.”
Cuando termina:
“Ha terminado. Ahora apagamos.”
Si protesta:
“Sé que quieres ver otro. Hoy hemos terminado.”
Pega a su hermano
“No voy a dejar que pegues.”
Primero detenemos la conducta.
Después, cuando esté tranquilo, podemos hablar sobre qué ocurrió y buscar otras formas de expresar el enfado.
No quiere recoger
En lugar de gritar desde otra habitación:
“Es hora de recoger. ¿Empiezas por los coches o por los bloques?”
La elección no es recoger o no recoger.
La elección es por dónde empieza.
Pide algo que no vamos a comprar
“Sé que te gusta. Hoy no vamos a comprarlo.”
No necesitamos inventar excusas.
Tampoco convencerle de que realmente no le gusta.
Puede gustarle mucho.
Y la respuesta seguir siendo no.
Errores habituales cuando intentamos educar sin gritar
Repetir veinte veces lo mismo
Cada repetición reduce el valor de la anterior.
Es preferible acercarnos, dar una indicación clara y ayudar a iniciar la acción si es necesario.
Dar demasiadas explicaciones
Explicar es bueno.
Dar una conferencia durante una rabieta no suele serlo.
Amenazar con cosas que no cumpliremos
Las amenazas imposibles deterioran nuestra credibilidad.
Convertir todo en una negociación
Hay decisiones negociables.
Y otras que corresponden al adulto.
Pretender no enfadarnos nunca
El enfado es una emoción normal.
El objetivo no es eliminarlo.
Es aprender a no utilizarlo constantemente contra los demás.
Comparar con otros niños
“Tu hermano sí hace caso.”
“Mira qué bien se porta ese niño.”
Las comparaciones aportan muy poco y pueden generar resentimiento.
Podemos hablar de la conducta concreta sin comparar.
Educar sin gritar es un proceso
Probablemente mañana volvamos a perder la paciencia alguna vez.
Y la semana que viene también.
Cambiar nuestra manera de reaccionar requiere tiempo.
Además, educar a un niño no consiste en aplicar una técnica hasta conseguir que obedezca.
Estamos conviviendo con una persona que está aprendiendo.
Aprendiendo a esperar.
A tolerar una negativa.
A gestionar el enfado.
A expresar lo que necesita.
A vivir con otras personas.
Y nosotros también estamos aprendiendo a acompañarle.
Habrá momentos en los que pongamos un límite perfectamente.
Otros en los que levantaremos la voz.
La diferencia no está en alcanzar una calma imposible.
Está en intentar que el grito deje de ser nuestra herramienta habitual.
Firmeza y calma pueden convivir
Podemos decir no sin enfadarnos.
Podemos retirar un objeto peligroso.
Podemos terminar el tiempo de pantalla.
Podemos marcharnos del parque aunque nuestro hijo proteste.
Podemos impedir que pegue.
Podemos mantener una hora razonable para dormir.
Todo eso son límites.
La crianza respetuosa no consiste en conseguir que el niño esté siempre contento con nuestras decisiones.
Consiste en recordar que incluso cuando debemos corregir una conducta seguimos hablando con una persona que merece respeto.
El niño puede enfadarse.
Nosotros también.
Y aun así podemos intentar tratarnos bien.
Eso probablemente sea mucho más útil que cualquier fórmula mágica para conseguir que un niño “haga caso”.
Preguntas frecuentes sobre educar sin gritar
¿Es posible educar a un niño sin gritar nunca?
Probablemente sea poco realista plantearlo en términos absolutos. Los adultos pierden la paciencia. El objetivo razonable es que los gritos no sean la herramienta habitual para conseguir obediencia y aprender a reparar cuando ocurren.
¿Cómo puedo conseguir que mi hijo me haga caso sin gritar?
Acércate antes de dar la instrucción, asegúrate de que te escucha, utiliza frases concretas, da una tarea cada vez y mantén límites coherentes. También conviene revisar si lo que pedimos es adecuado para su edad.
¿Poner límites puede hacer llorar a un niño?
Sí. Un niño puede llorar o enfadarse ante un límite y eso no significa necesariamente que el límite sea incorrecto. Podemos acompañar la emoción sin modificar automáticamente una decisión razonable.
¿Qué hago si mi hijo tiene una rabieta cuando le digo que no?
Mantén la seguridad, utiliza pocas palabras y evita intentar razonar en el momento de máxima intensidad. Cuando se haya calmado podéis hablar brevemente de lo ocurrido.
¿Es malo pedir perdón a un hijo después de gritar?
No. Reconocer que nuestra forma de hablar no fue adecuada puede ser una oportunidad para enseñar responsabilidad y reparación. Pedir perdón no obliga a retirar el límite que originó el conflicto.
¿Qué diferencia hay entre una consecuencia y un castigo?
Una consecuencia relacionada busca conectar la conducta con lo que ocurre después. Por ejemplo, guardar temporalmente un juguete que se está utilizando de manera peligrosa. Un castigo añade una experiencia desagradable que puede no tener relación directa con lo ocurrido.
¿La disciplina positiva significa no castigar nunca?
La disciplina positiva pone el foco en enseñar habilidades, mantener límites y buscar alternativas al castigo como herramienta principal. Eso no significa ausencia de normas ni de consecuencias.
¿Qué hago si pierdo la paciencia todos los días?
Conviene observar cuándo sucede. El cansancio, las prisas, horarios poco realistas o determinadas rutinas pueden estar contribuyendo. Si la situación genera un malestar importante o resulta difícil de manejar, pedir orientación profesional también puede ser útil.
Para terminar
Educar sin gritar no consiste en convertirse en un padre o una madre que nunca se enfada.
Eso no existe.
Consiste en intentar que el miedo no sea la principal razón por la que nuestros hijos nos hacen caso.
En poner límites porque los necesitan.
En decir no cuando corresponde.
En permitir que se enfaden cuando no les gusta nuestra decisión.
En acompañar cuando todavía no saben gestionar lo que sienten.
Y también en reconocer nuestros propios errores.
Hay días en los que tendremos mucha paciencia.
Y otros en los que tendremos bastante menos.
Pero cada conflicto nos ofrece una nueva oportunidad.
No para hacerlo perfecto.
Para hacerlo un poco mejor.
Bibliografía
Gershoff, E. T., & Grogan-Kaylor, A. (2016). Spanking and child outcomes: Old controversies and new meta-analyses. Journal of Family Psychology, 30(4), 453–469.
Pinquart, M. (2017). Associations of parenting dimensions and styles with externalizing problems of children and adolescents: An updated meta-analysis. Developmental Psychology, 53(5), 873–932.
Wang, M. T., & Kenny, S. (2014). Longitudinal links between fathers’ and mothers’ harsh verbal discipline and adolescents’ conduct problems and depressive symptoms. Child Development, 85(3), 908–923.
Zimmer-Gembeck, M. J., Kerin, J. L., Webb, H. J., Gardner, A. A., Campbell, S. M., Swan, K., & Timmer, S. G. (2019). Improved perceptions of emotion regulation and reflective functioning in parents: Two additional positive outcomes of Parent-Child Interaction Therapy. Behavior Therapy, 50(2), 340–352.
